lunes, 1 de agosto de 2016

(Agosto)

Hoy visto una camisa de pétalos secos.
Me siento en la terraza y pido
un vaso de rosas frescas.
Mi desnudez no la bebe nadie.
Giro la cabeza hacia ambos lados
por si los hijos vienen
a pedirme cuentas. A mi lado
los jóvenes tocan la guitarra y miden
sus posibilidades.
Observo mis manos con asombro.
Incrédula si persisten
combatiendo la piel
en la tormenta.

Agosto se me echa encima como un oso
que adora su caverna. Quisiera poder escapar
de su apetencia omnívora, de su pastosa zarpa,
dejar que su peso obsceno devore mi camisa .
Me siento desnuda en la terraza y pido un
fusil de perdiciones.
Nadie va a sentarse a beber
de mi pecho en oleadas. Apunto
a su entrecejo quincenal, oprimo el gatillo. 
A mi lado ajustician los jóvenes,
contra el asfalto, su guitarra imposible;
ningún ave escapa de la escena.
Nadie escucha el rugir de las rosas
que enturbian los muros de rojo.

Me levanto. Continúo en cueros por la cuesta.
Un cernícalo vetusto aguarda
el humo que sale de mis labios.
El camarero recoge los tres euros
que dejé en el plato de propina.
Nadie viene a reclamar mi despojo
pero yo vigilo por si acaso.
El pellejo silente de un oso pardo
me mira marchar desde la mesa.
De su colmillo deceso
cae gota a gota,
siguiendo mis huellas,
un filamento blanco.

El sol que planea su venganza.

sábado, 12 de marzo de 2016

(Abismo a la orilla)

Queda tan lejos la mar, el céfiro en calma amarrado.
La luna encallada sueña sobre el remonte nuboso.
A tus pasos, tierra fraguada de olivos, farallón
que no alcanza marea camina a salvo, adentro,
tierra adentro segura la charca es un tigre mellado
vega de encías, la lluvia es un batallón de alfileres chatos.
Estás adentro a resguardo pero es mentira: mojados,
tus pies mojados, se ha retorcido el cauce ha tejido un lazo,
al volver la esquina el ponto por la riba asciende el mar,
por el ribazo, a tu falda aborda arriba verde garfio,
verde sangre pruno mar de ciénaga estrecho coagulado,
a tu boca mujer montaña llegó el abismo a la orilla,
una gota de sal a tus labios, a tus labios berilo
escarlata de sal cómo ha pasado, cruenta esquirla
de perla grana clavada a tus ojos cómo ha pasado,
cómo encontró tu sombra liga de agua entre manzanillos,
cómo alcanzó tu cima el penacho níveo de aquella ola.
Mujer montaña no te ahogues, por tus muertos
no te ahogues, los vivos claman por tu ladera,
la luna encallada mece su sueño vago
y la noche yace uncida en su escondrijo.
 Queda tan lejos la mar y tu cepa ensoga
espigón a tierra tu esquife varado.
Torna la vista a nosotros mujer montaña queda
muy lejos la mar y la vida espera bancada de luz
a la tenue guarda de los olivos.
Queda ya lejos la mar y el viento susurra
amarrado en calma. Suelta los ojos al vuelo
mujer montaña y levántate. Escucha.

La tierra en alto te pide que regreses.

jueves, 7 de mayo de 2015

(Triángulos)

Ella dibuja triángulos
uniendo mis lunares.
Porque reconoce los pedazos
de los que estoy hecho.
Un espejo roto de piel
que ella recompone.
Un espejo nuevo de piel
que la refleja.


lunes, 16 de febrero de 2015

(El Mendigo)


Le cuento al frío una mentira de cartón,
al vino una falacia de cartón,
estafo a la noche engaño al frío
y al recuerdo

El poema es la mentira que le cuento al papel
contra su verdad blanca y descarnada,
visto el hueso de papel con palabras de músculo
palabras de piel y sangre.

Os engaño en la historia y me engaño a mí
que no siento esta lanza de frío
ni el viento de este abandono.

La verdad es algo
que no puedo permitirme.

El cartón es la mentira del mendigo contra el frío de la noche,
la mentira de contención para que el vino no se evapore,
y así le cambio un cartón más pequeño por el habitáculo
mayor de mi carne cubierta de cartones.

Engaño al hambre diciéndole que hace frío
y la piel se encoge y el estómago se encoge
y todo queda engañado en calma y encogido.
Ante el frío la piel tiembla para no quedar
aprisionada. Encarcelada en una verdad de hielo
que paraliza. Y así el cartón es refugio para dormir
un sueño en movimiento, una mentira pequeña que acoge
a la gran mentira de la vida,
a la gran mentira del poema y de la noche.

Si sólo sabemos vivir mintiéndonos,
qué mejor que componer una bella mentira:

"Tranquila, estoy bien, ahora vivo en La Moraleja,
mañana cojo un avión a San Francisco,
la ciudad de noche está bellísima ayer ingresé el dinero
para los niños. Te quiero. Siempre te he querido.
Estoy bien. No te preocupes. Saldré de esta.
No fumes. Lo sé. Te dejo. Mañana hablamos.
El invierno es mi estación preferida,
hago ejercicio a menudo y miro volar a los pájaros.
No te apures. Sé feliz. Descuida.
Ahora que el tiempo me rodea voy a desempolvar
todos esos libros que tenía acartonados."

miércoles, 26 de noviembre de 2014

(Sucedáneos)


Hubo un día en que las cosas de verdad
se volvieron
demasiado
caras.

El café comenzó a ser soluble.
El chocolate soluble.
La dignidad.
El amor.
Solubles.

Todo era envasable
y conservado al vacío
en lugar seco sin luz
 y protegido
de la sangre.

Podía consumir con comodidad
tus besos en la terraza,
tus besos en la oficina,
tus besos en lo alto
de un tren que se estrella
o un mástil de sombras.

No hacía falta cultivar
y recoger.
Innecesario esforzarse
y recoger.
A qué tanta funda
para un momento efímero
que apuñalas y estrujas
que apeteces y exprimes
que te deja vacío y y vuelta
otra a vez a recoger.

Era mucho más fácil
refugiarse
en lo instantáneo.
Todo era factible
con cuchara en mano
y agua caliente.

Y comencé a olvidar
el fondo
de los originales,
y a tomar por cierta
la superficie
de los sucedáneos.

El polvo estimulante traído
de desiertos de negrura.

El polvo dulce marrón
de ladrillos triturados.

El polvo innumerable
de mujeres de arena
que nunca fueron todo,
sino sólo parte.

Me da igual lo que cuesten.
No me importa si ya no existen.
Si se han hecho los sustitutos
con la exclusiva.

Basta de marcas blancas.
Quiero lo mejor
y tengo
la vida entera
para ganármelo.

Futuro.

Café.

Chocolate.

Ella.