miércoles, 26 de noviembre de 2014

(Sucedáneos)


Hubo un día en que las cosas de verdad
se volvieron
demasiado
caras.

El café comenzó a ser soluble.
El chocolate soluble.
La dignidad.
El amor.
Solubles.

Todo era envasable
y conservado al vacío
en lugar seco sin luz
 y protegido
de la sangre.

Podía consumir con comodidad
tus besos en la terraza,
tus besos en la oficina,
tus besos en lo alto
de un tren que se estrella
o un mástil de sombras.

No hacía falta cultivar
y recoger.
Innecesario esforzarse
y recoger.
A qué tanta funda
para un momento efímero
que apuñalas y estrujas
que apeteces y exprimes
que te deja vacío y y vuelta
otra a vez a recoger.

Era mucho más fácil
refugiarse
en lo instantáneo.
Todo era factible
con cuchara en mano
y agua caliente.

Y comencé a olvidar
el fondo
de los originales,
y a tomar por cierta
la superficie
de los sucedáneos.

El polvo estimulante traído
de desiertos de negrura.

El polvo dulce marrón
de ladrillos triturados.

El polvo innumerable
de mujeres de arena
que nunca fueron todo,
sino sólo parte.

Me da igual lo que cuesten.
No me importa si ya no existen.
Si se han hecho los sustitutos
con la exclusiva.

Basta de marcas blancas.
Quiero lo mejor
y tengo
la vida entera
para ganármelo.

Futuro.

Café.

Chocolate.

Ella.