lunes, 1 de agosto de 2016

(Agosto)

Hoy visto una camisa de pétalos secos.
Me siento en la terraza y pido
un vaso de rosas frescas.
Mi desnudez no la bebe nadie.
Giro la cabeza hacia ambos lados
por si los hijos vienen
a pedirme cuentas. A mi lado
los jóvenes tocan la guitarra y miden
sus posibilidades.
Observo mis manos con asombro.
Incrédula si persisten
combatiendo la piel
en la tormenta.

Agosto se me echa encima como un oso
que adora su caverna. Quisiera poder escapar
de su apetencia omnívora, de su pastosa zarpa,
dejar que su peso obsceno devore mi camisa .
Me siento desnuda en la terraza y pido un
fusil de perdiciones.
Nadie va a sentarse a beber
de mi pecho en oleadas. Apunto
a su entrecejo quincenal, oprimo el gatillo. 
A mi lado ajustician los jóvenes,
contra el asfalto, su guitarra imposible;
ningún ave escapa de la escena.
Nadie escucha el rugir de las rosas
que enturbian los muros de rojo.

Me levanto. Continúo en cueros por la cuesta.
Un cernícalo vetusto aguarda
el humo que sale de mis labios.
El camarero recoge los tres euros
que dejé en el plato de propina.
Nadie viene a reclamar mi despojo
pero yo vigilo por si acaso.
El pellejo silente de un oso pardo
me mira marchar desde la mesa.
De su colmillo deceso
cae gota a gota,
siguiendo mis huellas,
un filamento blanco.

El sol que planea su venganza.