domingo, 19 de marzo de 2017

(Combatir el sueño)

A la mañana procurar el vacío y
protegerlo así de intacto
todo el día.

Cepillar con esmero las piezas,
dentuda es la rueda del ocaso
clavada en tu carne para hacer
avanzar el ansia.

Bruñir esos goznes y que solo
perdure el brillo, luz
sobrepuesta a la materia.

Recorrer cada aguja hasta
su punta en las manos
con una lima. Trabajar allí
para volverla roma
evitar que logre
traspasar la piel
que no pueda escapar
de ti la oquedad
como el aire que abandona un globo.

Por el descenso en ciernes
completar el ciclo con cuidado.
Revisar el calafate y las velas
por si alguien les brida algún remiendo.
Derribar los senderos y los puentes.
Cultivar el jardín de malas hierbas.
Al oído cantarle una nana al fuego
que hierve el agua.

En el crepúsculo acunar el vacío y
custodiarlo en suspenso inerme hasta
que amanezca.

Combatir el sueño.
Vigilar las puertas.
Repetir.

domingo, 12 de febrero de 2017

(Extrarradio)

Caminé hacia la zarza ardiendo
en el barrio residencial.  
Salí del metro y
pude ver la sierra
trabajando paciente
sobre el mundo; antes,
por la línea bajo su filo,
me detuve:
aquella chica en el suelo
disponiendo papeles
a lo largo y ancho
de la estación.
Papeles de estudio y goma
de borrar al lado. Nadie tocaba
las cuerdas. Una señora sí
a la mejilla sus dedos con
gesto de asco,
su collar de perlas.
No consigo que el perro orine
en sus tacones. Consigo
escribir que la sierra
atraviesa el metro en
ese instante y
siega el brillo adusto
del collar en dos.
Pero no sucede.  La chica
pasa otra página de sus apuntes.
El resto de viajeros
cancela el billete.  Afuera,
 la zarza crepita en el dios
de un estor a juego
con el crepúsculo,  
cristo en forma se aparece
de bombero en la escalera y
de un ágil chorro apaga el
después, el pitillo de después
de la ilusión.
Alguien echa una moneda y
la chica escuálida
de sentarse en vano
se levanta y
abre un libro. Creo que 
me ha visto sonreír
al doblar la esquina.