domingo, 12 de febrero de 2017

(Extrarradio)

Caminé hacia la zarza ardiendo
en el barrio residencial.  
Salí del metro y
pude ver la sierra
trabajando paciente
sobre el mundo; antes,
por la línea bajo su filo,
me detuve:
aquella chica en el suelo
disponiendo papeles
a lo largo y ancho
de la estación.
Papeles de estudio y goma
de borrar al lado. Nadie tocaba
las cuerdas. Una señora sí
a la mejilla sus dedos con
gesto de asco,
su collar de perlas.
No consigo que el perro orine
en sus tacones. Consigo
escribir que la sierra
atraviesa el metro en
ese instante y
siega el brillo adusto
del collar en dos.
Pero no sucede.  La chica
pasa otra página de sus apuntes.
El resto de viajeros
cancela el billete.  Afuera,
 la zarza crepita en el dios
de un estor a juego
con el crepúsculo,  
cristo en forma se aparece
de bombero en la escalera y
de un ágil chorro apaga el
después, el pitillo de después
de la ilusión.
Alguien echa una moneda y
la chica escuálida
de sentarse en vano
se levanta y
abre un libro. Creo que 
me ha visto sonreír
al doblar la esquina.


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